¿Por qué subimos la montaña?

¿Por qué subimos la montaña?

Recientemente me surgió la loca idea de escalar la Malinche, yo, una mujer promedio y digo promedio por que yo sé que la gran mayoría de mexicanos no hacemos ejercicio, así que no, tampoco hago ejercicio como debería, vaya, camino a la tienda de la esquina por necesidad y para no contaminar más el mundo; y según comentarios, si quieres escalar montañas deberías por lo menos tener algo de condición. Pero siempre me gusta hacer cosas nuevas, cosas diferentes, cosas que me dejen un aprendizaje, cosas que me den otra vez ese respiro y esas ganas de vivir que a veces se va desvaneciendo en la cotidianidad.

Y vaya que esto fue una lección para mí.

A lo largo del camino descubres cosas de ti que no sabías, o que secretamente sabías, pero tenías bien escondidas. ¿Por qué subimos montañas? ¿Por qué nos exponemos a retos? ¿Por qué buscamos adrenalina en ciertas actividades? La evolución y el cambio son conceptos que están arraigados en nuestra naturaleza desde tiempos pasados, aunque a veces queramos evitarlos; por mi parte, el cambio es una de las cosas que más me emocionan, por eso busco viajar tanto, con cada viaje cambias un poco más, añades experiencia, pensamiento crítico y recuerdos. Aún las personas que trabajan en empresas por años, buscan cambios y evolución, sino, no apostarían por puestos mejores hasta llegar a las presidencias de éstas; y cuando ya lo tienen dominado, buscan vertientes en las que puedan seguir creciendo.

Entonces, sin experiencia previa, ni condición óptima y con todos los pronósticos en mi contra, me lancé a la aventura:

Poco antes de las 7:00am íbamos en camino al refugio IMSS en el cual dejaríamos el coche y nos encaminaríamos, tengo entendido que tienes dos opciones para subir la Malinche: La primera es desde las faldas, y la otra es adelantar un poco el camino, como nosotros hicimos y llegar en carro hasta el refugio -un poco de ventaja, no le hace mal a nadie, jeje-. El camino fue más corto de lo que esperaba, tomamos la vía corta a Santa Ana y llegando a San Pablo del Monte, hicimos la parada obligatoria para el café y unos chocolates que nos darían fuerza para la subida. Seguimos adelante y a las 8:30 llegamos al refugio, el camino estaba lleno de curvas y verde, mucho verde. En ambas casetas que cruzamos nos registraban mientras amablemente nos deseaban que subiéramos con cuidado. Cosa que yo agradecía amablemente y con un poco de incertidumbre.

Dejamos el coche a lado de un puesto de tacos atendido por un par de viejitos muy amables que nos echaron porras y nos animaron; y así empezó, comenzamos nuestra caminada cuesta arriba, yo comencé a caminar decidida y rápidamente, llena de emoción y fascinada por tanta naturaleza a mi alrededor. El camino está marcado por una vereda que atraviesa lo que era una pequeña carretera ahora clausurada, mi respiración se aceleraba, comencé a entrar en calor y pensé, “Yo puedo”.

Poco menos de una hora después de subir, nos sentamos en un tronco a descansar y comer un poco de lunch; una barrita energética y una mandarina que me supo a gloria. Después continuamos con nuestro camino.

De las cosas que más me impresionaron y agradaron es que mucha gente como nosotros iba cuesta arriba, incluso algunos ya iban caminando de regreso. Todos saludándonos y viéndonos con caras de alegría, y ánimos. Algunos muy concentrados en su ejercicio, pero todos, sin duda muy amables. No sé a qué se deba, tal vez porque todos estábamos ahí por el mismo objetivo, o porque la naturaleza nos vuelve mejores personas, o porque el ejercicio nos pone felices y olvidamos la negatividad. Sea lo que sea, me encantó.

Pasando la mitad del recorrido, se puso heavy el asunto, llegamos a una zona empinada en donde incluso tienes que inclinar un poco el cuerpo para no sentir que te vas de espalda, ahí es en donde, si no tienes buena condición, comienzas a quebrarte, vas a querer detenerte, no lo hagas. Al llegar al final de esa zona, comienzan las vistas que te dejan sin aliento. Cuando logramos detenernos y observar, se podían ver ya las faldas de la montaña, a lo lejos la bella Tlaxcala y el cielo que nos sonreía como diciéndonos, “¡Ya casi!”.

             

2 horas y media después, ya estábamos llegando a los arenales, podíamos ver la punta desde lejos, y de pronto esa canción vino a mi mente “So close you can almost taste it…”. Nuevamente nos detuvimos, tomamos aliento y comimos otro poco mientras disfrutábamos la vista que ya era más imponente de lo que yo me esperaba. Ya quería llegar a la cima y estaba orgullosa del tiempo record en el que había logrado llegar tan arriba, pero después de ese pequeño receso, me quebré aún más.

Al parecer, el detenerme no le hacía nada bien a mis piernas, contrario a lo que yo pensaba; verán, muy pocas veces me pongo en situaciones fuera de mi zona de confort, y me es muy fácil regresar a ella. Aparentemente los descansos que tomábamos eran señales falsas a mis piernas de que el viaje había terminado y me costaba volver a arrancar, pero justo en el descanso que tomamos en los arenales me pegó durísimo. Pasando esa zona, tienes dos opciones, seguir subiendo por los arenales, una zona empinada, en la que das dos pasos y te regresas tres; o tomar el camino de rocas, más empinado que todas las demás zonas que ya habíamos subido.

Nos decidimos a continuar por las rocas, a esa altura y con todo lo que ya habíamos recorrido, mi cuerpo se sentía tan pesado que daba dos pasos y me detenía, no había otro pensamiento en mi cabeza más que el de… “¿Estoy segura de que puedo?” y cada vez que me preguntaba eso, volteaba la mirada, la vista era hermosa y contestaba mi pregunta con un pensamiento saboteador: “Hasta aquí, en fin, la vista ya es bastante buena”. Por suerte llevaba compañía que no me dejo desistir, me costó otras casi 2 horas llegar finalmente a la cima. Tras escuchar “Deja de decir que no puedes, ¡Sube, ya estás a nada!”.

Finalmente llegué. Ahí estaba yo, entera, con las piernas temblando y falta de aire, pero en la cima. El sentimiento no se compara con algún otro que haya tenido hasta ahora, lo había logrado, después de 4 horas, 13 minutos, lo logré. No quedaba más que disfrutar la visa y el sentimiento de orgullo.

La montaña enseña

Mientras subía había una duda que no dejaba mi mente ¿Por qué subimos la montaña? No puedo evitar compararla con el ciclo de la vida, hay quienes dicen que la vida es como una ruleta, a mí me gustaría más creer que es como una montaña. Luchamos por seguir subiendo, creemos saber qué es lo que nos espera allá arriba, pero el resultado siempre supera a la expectativa y el camino es difícil pero lleno de sorpresas agradables. Conocemos gente en nuestro camino y así como hay gente que camina a tu lado, hay gente que no; hay quienes van a su propio ritmo, pero todos tenemos el mismo objetivo en la mira: superación.

La montaña a mí me enseñó a seguir adelante a pesar del cansancio, me enseñó que la primera en ponerme obstáculos soy yo y que tengo que trabajar con eso, pues el cuerpo no va a dónde la mente no lo lleva.

 

 

Así que suban la montaña, rompan límites, sus propios límites y luego todos los que se les pongan en frente. No duden de ustedes, es difícil, más si nunca te has probado en el campo de batalla, pero si no lo haces, ¿Cómo sabrás si lo pudiste haber logrado? Ten miedos, eso está permitido, lo que no está permitido es ser presa de ellos, debes enfrentarlos y para eso debes salir de tu zona de confort. Un día antes de aventurarme a la Malinche, estuve a punto de cancelarlo todo y quedarme en mi casa viendo Netflix, en pijama, comiendo toda la comida engordadora que no me permito comer entre semana; y no había otra razón más que la “comodidad”. No te permitas caer en tus propios juegos mentales, sé más fuerte que tus miedos y limitaciones. Sal de tu zona de confort y verás que puedes lograr más de lo que esperabas de ti mismo.

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